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El año 2016 ha sido hasta la fecha uno de los años más importantes de mi vida, tanto a nivel personal como a nivel profesional. Doce meses cargados de momentos, algunos alegres y otros más tristes, pero todos, sin duda, intensos. Como a mí me gustan. Para la hemeroteca pero sobre todo para mi recuerdo, quedará ese mes de enero y la noche de Reyes de 2016, cuando recibí el Premio Nadal con La Víspera de casi todo. He tenido doce meses por delante para digerir todas las emociones y sensaciones de esa noche, y aunque no sea nostálgico ni me guste quedarme atrapado en los logros pretéritos, he de reconocer que fue una noche especial, mágica. A veces necesitamos que suceda algo así, casi milagroso, en nuestra vida, para descubrir la cantidad de gente que nos aprecia. Yo sentí esa noche, y lo he seguido sintiendo a lo largo y ancho de la geografía de este país durante todo este año, el cariño sincero y el aprecio de amigos escritores, de profesionales de la información, de editores, de libreros pero, especialmente, de lectores de todas partes y de todas las sensibilidades, sin géneros ni etiquetas. Son incontables las anécdotas, los instantes de espontaneidad, los encuentros fortuitos y enriquecedores, las charlas, coloquios, conferencias, firmas, viajes, aviones, trenes, coches… A todos, gracias por vuestro entusiasmo. Es bonito alcanzar un logro semejante y darme cuenta de que las personas se me acercan con afecto, con respeto pero con naturalidad, como antes de este premio, como siempre. Emocionante ha sido también entrar en una sala y recibir el aplauso del público, alzar la vista compungido y descubrir a lectores de primera hora, aquellos que me siguen desde hace diez años, y comprobar que también ellos se sienten orgullosos de mí, sentir que no les he decepcionado ni que he renunciado a ser Víctor del Árbol. Que han contemplado estas dos letras “PN” como propias.

Por increíble que parezca, hay que atreverse a ser feliz y tener coraje para disfrutar de un premio como el Nadal, aceptar que lo maravilloso está pasando y dedicarle la mejor voluntad y el talante de los exploradores, ese frágil equilibrio entre el temor y el anhelo. Por eso el día 6 de enero del 2017 estaré en la ceremonia de entrega y aplaudiré a rabiar a quien haya obtenido este galardón. Porque es la fiesta de la literatura y un honor formar parte de su historia.

La vida sigue a toda máquina, vendrán otros retos y los afrontaré con la misma pasión, con idéntica alegría y convicción. El Nadal ya es historia para mí, sí. Pero no La Víspera de casi todo que sigue su camino, traducciones en Polonia, Bulgaria, Francia (cuya publicación curiosamente coincide con este mismo día 6, un año después).

Gracias a todos. Y como dicen en mi tierra, señores, que me quiten lo bailao.

Larga vida al Premio Nadal.

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