Los romanos la llamaban Sérdica. Aquí fue donde el emperador Galerio dictó en el año 311 d.C el primer edicto de Tolerancia a favor de la religión cristiana acabando con las persecuciones. Los búlgaros del siglo XXI recuerdan ese edicto imperial que cambiaría el mundo antiguo (y que quizá sería hoy tan necesario como entonces) con la transcripción en latín de puño del emperador frente a la antigua iglesia de Santa Sófia. Bajo el suelo de la iglesia ortodoxa se ha encontrado una auténtica necrópolis que vale la pena visitar para comprender un poco más lo fútiles que son ciertas ambiciones humanas. Pasillos estrechos en penumbra  que van de una tumba a otra, columbarios excavados en la tierra y un olor a humedad que no viene de los hombres sino de la tierra antigua. Al subir de nuevo a la planta de la iglesia, Svetla, la traductora de mis novelas al búlgaro me explica algunas peculiaridades del rito ortodoxo, mientras se celebra una boda por ese rito y los jóvenes prometidos dan vueltas alrededor del sacerdote con dos coronas en la cabeza y seguidos por sus respectivos padrinos cada uno con un cirio encendido. En la megafonía suenan unos coros magníficos con reminiscencias de Bizancio. También me fijo en que la casa de Dios está abierta para los menesterosos que se protegen del frío exterior pegándose a los radiadores. Hay mesas en las que se sirve café caliente, mientras, entre los sin techo y los novios algunos fieles se santiguan (de derecha a izquierda, en el sentido contrario a los católicos), encienden velas votivas para los vivos y recordatorios para los muertos. (Las de los vivos se encienden en altos atriles y las de los muertos en  cajones de tierra a ras de suelo). Hoy es el día de Santa Ana y las gitanas regalan manojos de modroño, Luego regatean el precio de su regalo. Svetla es blanda de corazón y la rodean.

Cerca de allí decidimos comer aunque no son ni las doce del mediodía. Ayer probé la “rakia”, un aguardiente fuerte que se obtiene de la uva. Me dicen que se parece al vodka (todo está llena de reminiscencias subterráneas y no tan subterráneas al período del bloque del Este) pero a mí me recuerda más al armagnac. Es fuerte y revitalizante; Mi editor me cuenta en confidencia que cierto autor que se declaraba abstemio se curó de esa rareza con la rakia en su primer viaje a Bulgaria. El salón de café donde vamos a comer me recuerda a las ambientaciones imperiales de Tolstoi, pesados cortinajes, elegantes moquetas moradas y alfombras suaves, camareros gentiles y discretos, grandes ventanales desde los que se ven las cúpulas de la Catedral Alexander Nevski, el santo héroe ruso que los búlgaros veneran en memoria de los caídos rusos en la lucha contra el imperio otomano (Los búlgaros sienten que su pequeña patria siempre ha sido una pieza codiciada por diferentes tipos de carnívoros y la ciudad está llena de historias trágicas en forma de esculturas bélicas o épicas). Svetla con su tímido timbre de voz me habla de literatura búlgara mientras como un plato de cerdo rebozado. Hablamos del gran poeta Nikolai Vatszarov, del duende y el jef, y como si la conversación fuera una metáfora de esta ciudad sin transiciones pasamos a Juan Marsé y a Carlos Ruiz Zafón (Svetla es también su traductora) Charlamos sobre las particularidades de nuestras lenguas, la dificultad de la traducción, las diferencias entre la tradición oral y la escrita. De vez en cuando salgo a fumar un pitillo y contemplo los montones de nieve sucia y endurecida, los edificios del neoclasicismo del período comunista, los tranvías viejos de color amarillo y marrón que se entremezclan con el tráfico de turismos potentes y modernos. Bajo la estatua un tanto descompensada del rey de los ciegos un señor con un gorro con la estrella del Ejército Rojo toca una hermosa melodía con el acordeón. Me hace pensar el la película basada en la novela de Emilian Stanev “El ladrón de melocotones”, la hermosa historia de un prisionero de guerra serbio en la I Guerra Mundial que se enamora de la esposa del Coronel encargado del campo.

Antes de acercarme al hotel quiero visitar la Catedral y sobre todo el magnífico museo de iconos que hay en la cripta anexa. Vale mucho la pena. El alfa y la Omega, el Principio y el Fin retratado durante siglos en fustas y pan de oro. Al salir pasamos junto a las casernas del Parlamento. Europa parece dolerle a las personas con la que hablo, hay algo de decepción, de esperanza frustrada. Se sienten como el patio trasero y solos. Siguen contando levs y me recuerdan que Europa no debería ser solo un espacio para que los bancos se enriquezcan. Yo asiento, pero no tengo respuestas, más allá de mi firme creencia de que la única patria universal en la que creo es la literatura.

Entre entrevistas en prensa y radio, participar en un programa de televisión, más prensa y visita a las oficinas de la editorial, se acerca el momento de ir al teatro Vázov para presentar mi obra. Tengo el honor y el privilegio de conocer al traductor de Gabriel García Márquez, de Blas Otero y de Vicente Alexander, entre otros, al búlgaro. Me cuenta este señor de cejas espesas y blancas y aspecto de devorador de libros que en Bulgaria se quiere lo español, su cultura, su lengua, su música, su cine y su pintura. Me dice con una media sonrisa que aunque el corazón de los búlgaros es eslavo su alma es mediterránea. Atravesados por las fibras de la vida de Este a Oeste.

La presentación está amenizada por la gran actriz Tatiana Lólova, mujer querida por todo el mundo en Bulgaria, que lee de una manera hermosísima un fragmento de “Respirar por la Herida” en el que Arthur defiende ante Gloria la necesidad de perdonar para poder seguir con nuestras vidas. Aunque no entiendo el búlgaro, consigue transmitirme toda la emoción que embarga el teatro. Se me achica al corazón al pensar que esas palabras han sido escritas por mí, tan lejos, en España. Veo rostros que se emocionan. Aplaudimos rabiosamente.

Aún no han tendido las calles a las cuatro de la mañana y ya estoy circulando hacia el aeropuerto de Sófia para volar rumbo a Barcelona. Llevo conmigo infinidad de tarjetas, correos personales, libros y recuerdos. Y dejo una promesa. Volveré muy pronto. Porque resulta que Bulgaria se parece mucho a mi casa. O así me he sentido estos días rodeado de gente de bien y sabios que lo son sin pretenderlo.

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