Una de las preguntas más recurrentes a las que debo responder (además de en qué medida ha influido mi pasado profesional en mis novelas) es por qué escribimos. Me parece una pregunta lógica pero incompleta, a la que añadiría ¿por qué leemos?, porque sin el amor a la lectura, sin referentes literarios, no concibo mi oficio como escritor.  Por ello, y aunque este sea un Congreso de y para escritores, me parece pertinente abrir este ciclo de ponencias poniendo de relieve la importancia de la lectura de los clásicos.

Imaginemos la literatura como una biblioteca gigantesca donde está recogido todo el saber y todo el devenir del Ser Humano. ¿No es hermosa y lícita la aspiración de formar parte de dicha biblioteca? Aportar nuestro minúsculo grano de arena a ese corpus universal. Eso es, precisamente, lo que hace de una obra y de su autor un clásico.

¿Qué entendemos por Clásico en pleno siglo XXI? Mantener los códigos de comunicación decimonónicos, incluso las formas narrativas del siglo XX puede parecernos hoy desfasado. Argumentaremos con razón que la literatura evoluciona también formalmente con la sociedad a la que sirve y que encarna. Sin embargo, la clave de esa evolución cultural no está en el continente sino en el contenido. Clásico es aquello que se convierte en atemporal, y en consecuencia resulta de una vigencia y modernidad permanente. Como escritores aceptamos y buceamos en los cambios de expresión, en los nuevos códigos de comunicación, en las estructuras y construcciones narrativas, pero la esencia permanece intacta. Esa esencia, la quiditas greco-latina, sostiene el compromiso inseparable de la literatura con el destino humano y sus avatares. La Cultura es sinónimo de progreso en conciencia y en bienestar, mucho más allá del mero entretenimiento o de las formas de folklore (necesarias, por otra parte); si el Ser Humano puede aspirar a una cierta felicidad, esta será perdurable no a través del progreso material exclusivamente sino a través del pensamiento y la emoción más allá de la epidermis. La realidad se piensa antes de ser construida, se interpreta y por tanto se hace útil a través de la palabra escrita. Escribir no es un ejercicio testimonial; es una acción directa.

Las artes Humanistas pierden peso en la educación a favor de la formación de profesionales, y sin embargo aquellas son tan fundamentales como estas; el espíritu crítico, la curiosidad, la inventiva y la simple contemplación son esenciales para cimentar una sociedad consciente, sostenible, y finalmente dueña de su destino. El progreso de la Humanidad se consigue con una educación poliédrica y efectiva. Por esa razón deberíamos poder considerar que la escritura no es un brindis al sol, y que una vez vencido el obstáculo de la vanidad personal avizoraremos un cometido fundamental: contribuir a la construcción de una conciencia colectiva, híbrida, universal.

No debemos renunciar a nada. Debemos beber de la tradición y alimentarnos de lo nuevo, estar atentos al futuro sin perder de vista el camino que otros ya recorrieron. Buscar en lo leído el mensaje continuo de lo que somos, de lo que siempre hemos sido. Seguramente nunca antes en la Historia se ha escrito tanto, ficción y realidad, poesía y ensayo, relato y biografía…Todo el mundo tiene al alcance las herramientas y el derecho a expresarse, además de la legítima aspiración de ser escuchado. Y tal vez por esa abundancia es más importante que nunca escribir bien, o aspirar al menos a hacerlo.

Podríamos definir “escribir bien” como el uso con justeza de los recursos narrativos. Un filólogo como Rufino José Cuervo nos dirá que una forma descuidada de escribir es indicio de poca solidez en el pensamiento. La literatura no quiere prisas, quiere paciencia y reflexión, quiere que pensemos en lo que vamos a decir, en cómo lo diremos y en por qué hemos de decirlo. Poco tiene eso que ver con la impaciencia y el negocio del ego que nos impele a metas más mundanas. Esto es fácil de enunciar, lo sé, y muy difícil de llevar a cabo. Necesitaremos mucha voluntad y perseverancia, equivocarnos y caer en la verbosidad, la retórica y la vehemencia una y otra vez. Pero poco a poco podemos superar nuestra incapacidad.

Virgilio dejó escrito que el prestigio en el uso del lenguaje es prestigio en el Ser. Escribir es la prolongación de nuestra inteligencia, nuestro deseo de perdurar y la voluntad de prevalecer sobre las épocas y los aconteceres. Dejemos fluir la muñeca entonces, busquemos nuestra voz particular, equivoquémonos tanto como sea preciso, pero nunca perdamos de vista que al escribir queremos formar parte de esa historia transversal que construye al Ser Humano desde que una mano insegura garabateó el primer símbolo sobre el barro blando.

Gracias a todos.

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