Crónicas australianas (I)

Día 01: Barcelona – Dubai – Sídney

Alguien me dijo hace mucho tiempo que cada viaje tiene un fin. Yo lo entendí mal; aquella persona no se refería al “final” de un viaje, sino al propósito, a menudo desconocido para quien lo emprende, de dicho viaje. A menudo creemos saber a dónde vamos y por qué pero la realidad testaruda enseña que no siempre somos conscientes de a dónde nos dirigen nuestros pasos. Me gusta viajar con la voluntad del explorador, con un rumbo fijado en un horizonte incierto, atento a los descubrimientos y sin sospechar qué encontraré. Y este viaje a Australia no podía ser diferente.

australia-political-mapEn los años 60, Australia era una especie de El Dorado a dónde muchos españoles soñaban con viajar para hacer fortuna, y por fortuna se entendía ir allí a construir carreteras o pantanos, trabajar en las minas de carbón o como pastor de ovejas merinas y ahorrar lo suficiente para poder regresar y comprar un pisito modesto o montar un pequeño negocio. Cruzar “Ahí abajo” era una epopeya como lo que fue para nuestros tatarabuelos hacer las Américas. Pocos cumplieron ese sueño, pero en nuestro imaginario queda algo de que lo más lejano es lo más misterioso y también lo más atrayente. Para mí, Australia es ese punto en el mapa más alejado de España, playas blancas con tiburones gigantes, surferos de piel tostada y ojos azules, Elsa Pataki y su guapo marido “Thor”, migración de ballenas, canguros, koalas y rugby. Un continente más grande que Europa Occidental con solo el 20% de territorio habitable y una población de 23 millones de habitantes. Pero pronto voy a descubrir que es más, muchísimo más que un manojo de tópicos.

Aunque sea anticuado, no me descargo una guía ni tiro de Wikipedia para informarme un poco. Compro una guía de las grandes, mapas, fotos, informaciones útiles, itinerarios por las ciudades principales, etc..Hay que ser solidario con nuestros compañeros escritores de viajes y además tengo por delante más de 22 horas de vuelo (con escala en Dubai, incluida) para entretenerme. La noche antes de partir reviso la maleta. Una de las grandes, para quince días de invierno y temperaturas que según internet llegan a acercase a cero grados en algunas partes del estado de Victoria. Así que dejo atrás el caluroso y húmedo verano y me voy al invierno en las antípodas. Abrigo, botas y plumón. También un traje y corbata por si los profesores universitarios se ponen estupendos con el protocolo; aunque me han dicho que los australianos son gente muy desenfadada siguen teniendo como reina a Isabel II de Inglaterra. Revista de pasaporte, visados (son muy exigentes con las medidas de entrada y las revisan muy en serio), billetes, unos pocos dólares australianos que son como billetes del Monopoli, unos ejemplares de mis novelas en español para la profesora Lillit Twaites  y todas las ganas del mundo. Listos.

Tras una noche de sueño corto y nervioso (el atarax no me ayuda esta vez) despierto temprano y me presento con tres horas de antelación en los mostradores de Emirates del aeropuerto de Barcelona. Emirates pasa por ser una de las mejores compañías aéreas del mundo (Al menos los precios de los billetes parecen corroborarlo), lo primero que me llama la atención son las azafatas con ese uniforme tan peculiar, pañuelo en la cabeza y elegante gorro rojo. Son amables, me atienden rápido y me preguntan si me interesa viajar en otro vuelo (a cambio me regalan un billete para cualquier parte del mundo a gastar en un año), parece que hay sobre ocupación en mi vuelo. La oferta es tentadora pero me esperan en Sídney, así que tengo que declinar.

No se acaba la sorpresa. Cuando nos llaman por megafonía para embarcar (con una hora y media de retraso sobre el horario previsto) se me acerca un azafato con una sonrisa de oreja a oreja y me entrega una tarjeta de embarque. Me han cambiado el sitio y me pasan a business class. Alguien me dice que me ha tocado la lotería. Pienso que no es para tanto hasta que subo al avión. Menudo lujo. Un A·380- 800 es como un hotel: hay bar, camarotes casi privados, asientos cama, menú a la carta, bar privado…Es increíble. Pregunto por curiosidad qué cuesta la broma. Me quedo blanco: 5000 euros. Pues nada, a disfrutar del espejismo.

La alegría empieza a ser sustituida por la inquietud. Llevamos ya dos horas de retraso y el avión no despega. En Dubai solo tengo dos horas y media para cambiar de avión. Pregunto qué pasa; esto no es Vueling, así que me atienden amablemente y me dicen que ha habido un accidente en el aeropuerto de Dubai (un avión a aterrizado con una rueda obstruida y se ha incendiado, por suerte sin heridos graves) y solo están operando con una pista. Pregunto si perderé el vuelo de enlace. Me tranquilizan: nos esperarán. Algo me hace sospechar de la sonrisa de esta azafata de ojazos verdes y sonrisa profident  pero ya se sabe que cuando te mienten con una sonrisa así uno tiene tenencia a creer lo que le digan. Además, ya no hay remedio.

Despegamos y el vuelo es una pasada. Como conducir un Mercedes (imagino, porque nunca he conducido uno). Sobrevolamos Dubai en ocho horas pero el avión no aterriza. No hay espacio en el aeropuerto. Otra hora dando vueltas alrededor de esta ciudad-decorado con rascacielos a las puertas del desierto contruídos con mano de obra importada de los países limítrofes y con sueldos de vergüenza para que los occidentales abramos la boca admirados ante tanto pretolujo.  Empiezo a preocuparme de verdad. No puedo perder el vuelo a Sídney (¿de verdad que no?) Finalmente aterrizamos con tres horas y medio de retraso. En la pista veo el avión accidentado y unas enormes grúas que levantan el fuselaje. Es un espectáculo no apto para aprensivos. En el fondo, hay que dar las gracias por besar el suelo sano y salvo.

Toca correr. Otro control de seguridad, pasaportes, y correr por la terminal…para encontrar a una azafata en la puerta de embarque con una sonrisa impertérrita: “Lo siento, pero se acaba de cerrar el vuelo. No puede acceder” Todo dicho en un inglés perfecto. Protesto, suplico. El finger todavía no se ha retirado. No se inmuta. Creo que hay gente que disfruta así, diciendo “no” y dándote con la puerta en los morros. ¿Y ahora? Ahora, me señala la azafata con su bonito dedo con bonita uña de esmalte rojo, se va a reclamar a los mostradores. No me lo puedo creer, el colapso es impresionante. Miles de personas agolpadas en los mostradores, una panoplia de nacionalidades y lenguas gritando, protestando, empujándose. Orientales, europeos, africanos…Todo el mundo ha perdido sus enlaces a Tokio, a Delhi, a Singapur, a Pekín…Dubai es uno de los aeropuertos con más tráfico internacional del mundo y se han cancelado decenas de vuelos. Armarse de paciencia cuando se está tan cansado no es fácil. Toca echarle cara, batirse, empujar y ser empujado. Cambio de terminal, nuevas reclamaciones, amenazas, súplicas…Ni caso. Empiezo a pensar en tomar el primer vuelo a Europa, salir de aquí como sea y regresar a Barcelona. Adiós Australia. Consigo hablar con alguien por teléfono, y finalmente un joven azafato que es simpatizante del Barça tras tranquilizarme y mandarme a una sala con otros atacados como yo me consigue un vuelo a Sídney a las ocho y media de la mañana. Hace ya casi 24 horas que no duermo pero estoy feliz, incluso encuentro una de esas cabinas infectas para fumarme tres cigarrillos y salir apestando como si me hubiese fumado un paquete entero. Son casi las seis de la mañana.

imagen del accidente en Dubai
imagen del accidente en Dubai

Llega la hora de embarcar y anuncian nuevo retraso. Me temo lo peor pero esta vez sí, subo al avión. Una hora más esperando dentro y finalmente despegamos. Ahora no hay business class pero el avión va casi vacío (otros cientos de desgraciados como yo antes han perdido este vuelo) y puedo estirarme en una fila de tres para mí solo. Catorce horas por delante, dos usos horarios diferentes más y una buena cena a cuenta de la compañía aérea. Podría haber sido peor.

Son las ocho y media de la mañana de Sídney (ocho horas más que en España), y con casi veinticuatro horas de retraso, por fin el avión toca tierra. Control de pasaportes tedioso, preguntas y respuestas. Digo que soy escritor, que vengo a promocionar un libro. Menciono el festival de Bendigo y al policía se le iluminan los ojos. Lo conoce, me desea buena suerte. Me pregunto si él también escribirá en sus horas muertas, como hacía yo. Tal vez.

Hace frío en Sídney y busco una zona para fumar. Acabo de descubrir que los australianos son talibanes de la liga antitabaco. No me lo van a poner nada, nada, nada fácil. Pero yo soy insistente con mis vicios. Aparece Serio, un taxista argentino enviado por el Instituto Cervantes a recogerme. Me gasta la broma típica cuando voy a sentarme y abro la puerta derecha que aquí es la del conductor. Sonrío, cansado. Es un buen tipo, este Sergio. En el camino al hotel me cuenta que los chinos se lo están quedando todo, que Australia ya no es lo que era y que sí, es cierto, en Australia hay canguros a punta pala. “Kangoroo” es la palabra exacta.

Ahora solo quiero dejar la maleta y dormir un poco, aunque no es muy recomendable por el jet- lag. Me importa un bledo, estoy reventado. Mañana será otro día.