Día 02: Sídney (Instituto Cervantes)

Tal vez no hay mucha gente que sepa fuera de Australia que este país empezó a tener presencia europea como colonia penitenciaria. La isla de Tasmania era el destino de los indeseables que La Gran Bretaña quería lejos del Viejo Continente. Muchos de ellos prosperarían, crearían ciudades, negocios y serían la primera línea contra los aborígenes que formaban más de 200 lenguas , etnias y comunidades que se cuentan entre las más ancestrales de la Humanidad. Hoy, al pasear por la cosmopolita ciudad de Sídney parece que todo eso ha quedado atrás. Me dicen que Australia es un país seguro según los estándares europeos, que la gente tiene un nivel de vida alto, que se preocupan por la ecología (no tienen nucleares pero siguen exportando carbón a India) y que son, en líneas generales gente muy freenly. No lo dudo, apuesto que es así. Pero también me resulta meridianamente claro que como todos los países, este tiene sus traumas mal resueltos y el suyo es sin duda la relación con los primeros pobladores de esta tierra. Por todas partes veo memoriales a los caídos en las guerras del Imperio, banderas y monumentos guerreros pero no he visto ninguno a la memoria de los aborígenes. El pasado no es menos conflictivo que el presente. Me explican que hay barrios marginales, a donde no van los turistas, donde hay carencias sanitarias, asistenciales, problemas de alcoholismo, conflictos con la Policía, analfabetismo y que en su mayoría están habitados por gentes venidas del Territorio Norte, de Darwin o del Norte. Le plateo la cuestión a un profesor y me dice que en Nueva Zelanda la integración entre maoríes y europeos fue menos traumática, que allí se estudia la cultura y la lengua maori. El porqué no sucede igual en Australia me plantea interrogantes incómodas. Supongo que los maoríes son una cultura guerrera, los he visto y son gente de fisonomía no demasiado alejada de los estándares que nosotros llamamos “exóticos”, es supongo más sencillo identificarse con esa idea de ferocidad y exotismo que con los aborígenes australianos tan distintos, tan pacíficos, tan nómadas. Prefiero no hacer juicios de valor porque no conozco la realidad a fondo, pero sin duda lo investigaré.

Por lo pronto, las pocas horas que Eva y yo tenemos antes de mi encuentro con Víctor Uriarte en el Instituto Cervantes y la charla prevista, no dan para mucho. Primero desayunar en un cafetería para descubrir que los australianos han desatado la euforia por los cafés, late, maquiatto, cremosos…son verdaderas delicias que no tienen nada que envidiar a los italianos (que por cierto son una comunidad importante junto a los griegos). Eso sí, se pagan a precio de oro. La segunda y desagradable sorpresa es que aquí la vida es asombrosamente cara. Por menos de 20 dólares australianos lo tienes complicado para desayunar un poco decentemente, lo mismo para comprar una cajetilla de tabaco (23 dólares), tomar un taxi. plantearse comprarse un piso aquí es una utopía para los jóvenes. Me dicen que por menos de 3000 dólares al mes lo pasarás mal en una gran ciudad como esta y que el salario mínimo está en 2400$ (por supuesto, en teoría, porque el trabajo en negro también funciona aquí). A cambio, las raciones son generosas tamaño norteamericano, la ciudad es increíblemente bella y está muy limpia. Otra cosa surrealista: a pesar del frío, que pela, buscamos una terraza para tomar café y cuando vamos a encender un pitillo nos dicen que en las terrazas tampoco se puede fumar. Tienes que alejarte dos metros o ponerte en la parte de la acera y ahí sí te lo permiten. Qué raros son, leche. Paseamos por Hyde Park hacia la bahía, vemos la catedral y constatamos que los semáforos de peatones duran algo así como cinco segundos en verde. Me pregunto cómo se lo montan los ancianos para llegar sanos a casa. Entro en una librería cerca del Barracks Museum con la esperanza de ver “Respirar por la Herida”, la novela que vengo a promocionar. Nada. Ni les suena; sonrío y me encojo de hombros; me acuerdo de los principios con la gente de Alrevés recorriendo España sin que nadie nos hiciera caso. Todo puede cambiar, así que ¿por qué no aquí? Compruebo que los libros que hay en los estantes son casi todos de habla inglesa, me comentan que apenas hay traducidos al español, como mucho los clásicos (es decir, Gabriel García Márquez o Vargas Llosa) Luego me contará la profesora Lillit que han pasado por aquí Vázquez Montalbán, Félix J Palma, Dolores Redondo…Vamos, que se esfuerzan por hacernos llegar hasta aquí. Pregunto si se pueden encontrar libros en español en Sídney. Cara de póker y silencio administrativo.

IMG_20160805_115547 (1)Disfruto del paseo por Macquiare st y cuando nos confunden con una pareja de italianos en cuanto Eva pregunta algo en inglés (yo ni lo intento). Llegamos hasta la bahía y lo primero que me impresiona es Harbour Bridge, el puente de hierro que cruza al otro lado y bajo el que pasan los transbordadores. Arriba hay un mirador y se ven personas diminutas como hormigas que desafían la lluvia y el viento. Me juego lo que sea a que son japoneses, esa gente no resiste la tentación de una buena panorámica fotográfica. Subimos hasta la explanada de la Ópera, que está cerrada pero que igualmente resulta llamativa, moderna y de una arquitectura muy original e icónica. Y poco más…Toca regresar al hotel, almorzar unas burguer’s con cerveza local y un partido de fútbol autraliano de fondo en pantalla y caminar junto a Lillit y su esposo Tim, que nos acompañarán buena parte del periplo en Australia para hacernos fácil la vida con su amabilidad, hasta la sede del Instituto Cervantes de Sídney que dirige Víctor Uriarte. Nos acogen con cariño, contentos de poder promover la cultura española en este medio que no es demasiado permeable a nuestra literatura.

Me llena un calor de agradecimiento cuando entro en la sala de conferencias y veo a tanta gente. Me hace torcer el gesto con una sonrisa la proyección sobre el escenario que anuncia la conferencia: una fotografía mía con un título de lectura amplia: “Policías y Samuráis” Bueno, no voy a dedicar mi momento a explicar lo que soy, lo que no, lo que escribo y lo que no. Para debatir sobre el sexo de los ángeles ya tenemos los foros patrios. Lillit conduce el encuentro y me sorprende muy agradablemente su manera de llevar la conversación por derroteros inesperados y muy interesantes para mí. Me quedo con su última pregunta: “¿Si tuvieras que elegir entre dejar de leer o de escribir, con qué opción te quedarías?” Quien me conoce, ya conoce la respuesta que doy. Agradezco mucho la presencia de la Cónsul de Colombia y la interesante conversación que tenemos sobre el realismo mágico, sobre Alejo Carpentier, Miguel Ángel Asturias y evidentemente, Márquez. Todo un gustazo de señora. y otra sorpresa más, agradable. Conozco a J. que se me dirige en catalán y me cuenta que es mosso d’esquadra en excedéncia. Nos reímos cuando le pregunto cómo ha llegado hasta aquí. Las vidas de las personas son siempre extraordinarias.

La noche acaba en un restaurante italiano donde pruebo el barramundi, pescado típico de Sídney con una textura muy gustosa y una cava de vinos australianos que, teniendo en cuenta el desfase horario al que aún no me he acostumbrado, me aturde un poco. Se da la circunstancia de que en la mesa contigua hay un conocido hispanista local y un escritor paraguayo que además es cónsul. He olvidado el nombre pero nos deseamos suerte de manera cortés. La conversación es amena, me cuentan de las peripecias del Instituto. de los proyectos que tienen. Me asombra el entusiasmo de esta gente, de verdad. No se desalientan ni se rinden. Creen en lo que hacen y yo, desde aquí les mando un afectuoso abrazo porque sé de lo importante de su labor. Claro, cómo no, acaba saliendo en la conversación el momento político en Catalunya, las cuestiones identitarias, de lengua. Puede que no nos pongamos de acuerdo en todo pero da gusto charlar con gente de buen talante y que prima la cultura y el respeto.

Noche en Sídney. Mañana, sin deshacer la maleta viajamos a Byron -Bay, tierra de los hippyes, del Tiburón blanco, los surferos, la marihuana y el Writers Festival.

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