Se me ocurren dos razones por las que una persona decide dejar atrás lo conocido (familia, hogar, raíces y amigos) para adentrarse en lo desconocido: la curiosidad y la necesidad.

La primera forma parte de almas aventureras e inquietas que no se conforman con lo que conocen y que desean explorar otras posibilidades. Siempre hubo y habrá exploradores, personas para las que las fronteras no tienen más significado que unas líneas marcadas en un mapa que pueden ser borradas con la voluntad. El mundo que conciben es de todos, sus espacios y sus gentes diversas están ahí como una promesa, no como un peligro. En cada ciudad, país, paisaje y pueblo atisban una oportunidad. Estas personas son el puente que conecta diferentes sensibilidades, culturas, lenguas y experiencias. Sin ellos, sin los curiosos, la Humanidad seguiría siendo una suma de tribus encerradas en su pequeño valle sin contacto con los demás, muriendo poco a poco de endogamia e ignorancia. Atrapados en miedos atávicos y supersticiones. Ninguna sociedad que pretenda regenerarse, crecer y enriquecerse debería temer a esa clase de soñadores.

Pero no todo el mundo tiene esa clase de inquietud. Muchas personas prefieren crecer en los espacios de su infancia, en su comunidad, entre los suyos, formar una familia o construir una existencia a la altura de sus expectativas. Entonces ¿Qué les empuja a arriesgarlo todo, incluso la propia vida y la de los suyos en una aventura de final incierto? La necesidad. Nadie en su sano juicio se arroja al mar ni se pone en manos de mafiosos y delincuentes, se somete a toda clase de vejaciones y privaciones por una televisión de plasma o un coche con aire acondicionado. Nadie se somete a la tortura de ver a sus hijos separados de sus padres, de ser encarcelados como delincuentes o tratados con desprecio y odio si no es porque la alternativa, quedarse en sus lugares de origen, es mucho peor.

¿Qué harías tú si no tienes medicinas, si tus hijos lloran y no tienes con qué alimentarlos? ¿Qué harías si vivieras con el miedo de que violen a tu hija o a tu esposa, que mutilen a tu hermano, que te detengan por ser de una u otra etnia, sexo o credo religioso? ¿No te desesperarías si oyeras a todas horas disparos y explosiones, si el relato de las atrocidades te acobardara hasta el punto de no querer salir de casa?

Siempre habrá una generación que no se resigna, alguien que emprenderá el viaje para volver algún día a su comunidad y mostrarse orgulloso ante su familia y sus amigos. La mayoría no lo conseguirán, se perderán en el mejor de los casos en calles y ciudades extrañas, amargados por aquel sueño convertido en esta pesadilla. En el peor de los casos morirán en el camino o serán empujados a la marginalidad.

No es mi culpa. Eso nos consuela. No dañamos a esas personas individualmente, no somos responsables de su suerte. Bastante tenemos con lo nuestro. Aquí también hay problemas…Y todo eso, siendo cierto, también es falso. Nuestro bienestar es fruto del azar, de haber nacido en uno u otro lugar del mapa. Hoy somos Europa, hace no muchos decenios inundábamos el mundo con maletas de madera y el miedo en los ojos. Lo conseguimos, logramos aupar con esfuerzo nuestras vidas, las de nuestros hijos y nuestros nietos. ¿No deberíamos ofrecer esa mano ahora a los que nos la piden?

Nuestros líderes nos representan. Ellos son la cara visible de lo que creemos y defendemos, hablan por nuestra boca y actúan por nuestras manos. No deberíamos olvidarlo cuando nos arrojemos en brazos de insensatos que atizan nuestro miedo para preservar sus prebendas. Tampoco deberíamos olvidarlo cuando, en nombre del progreso, nuestras economías se aúpan sobre la espalda de la otra mitad del mundo. Porque seguirán viniendo mientras no les quede más remedio. Y ninguna jaula o muro podrá impedirlo.

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