Acaba de celebrarse una nueva edición de Barcelona Negra, uno de los festivales de género policíaco y de narrativa negra llamado a ser referente en Europa junto a Quais du Polar de Lyon, y he tenido el honor de participar en una de sus múltiples mesas. Con unas dosis de mala leche ibérica, hay quien me ha preguntado por qué he decidido participar en este tipo de eventos. La pregunta tiene sentido.

 Puede que alguna vez me hayan escuchado decir que siento cierta renuencia a ser etiquetado como escritor de género. Dicha desconfianza tiene más de afirmación que de negación y entronca con una visión amplia de lo que para mi significa la literatura y su vocación universal. Curiosamente, con el paso de los años se ha ido perfilando en mi interior con mayor nitidez lo que significa el género negro y particularmente lo que se escribe en pleno siglo XXI y que proviene de nuestra geografía. Es difícil entender el fenómeno de la literatura negra patria si no nos hundimos en el tiempo hasta el remotísimo origen de la memoria colectiva, porque ahí es donde, me parece, empieza todo. España ya no responde al cliché de El Quijote, Bizet, u Ortega y Gasset. Pero de alguna manera esa tradición doliente pervive, como lo hace la España simbólica de Lorca, y se enlaza con esa otra España europea espoleada por la corrupción política y económica, el paro endémico, la desigualdad social cada vez más lacerante y la paulatina pero imparable depauperación de la clase media, la cuestionada calidad democrática de nuestro sistema y las tensiones territoriales. De ese caldo este guiso. Amargo pero vívido, una voz que se impone con fuerza creciente en Europa, siguiendo la estela del Polar francés.

¿Por qué esa pujanza? Las respuestas son múltiples pero podemos aventurar alguna hipótesis, entre otras la evidencia de que la literatura de género ha empezado a trascender la mera cultura del ocio para adentrarse en el rol social que debe ocupar la literatura, como cualquier otra expresión artística. Cada vez son más los autores que partiendo del tópico policíaco o negro se adentran en lo misterioso, admirable y profundo de la condición del ser humano. El argumento del dolor, cuando se despoja de las trampas estilísticas, va mucho más allá de la farsa multicolor y simplista que se nos presenta en la vieja novela de entretenimiento. Hemos vivido procesos de mimesis en los que se muere por ensimismamiento ciertamente, pero los tiempos cambian y los espejos en los que nos reflejamos necesitan hacerlo a la par.

Personalmente creo que el ser humano tiene una naturaleza bifurcada, y que de esa fricción continua entre la pulsión de la vida y la muerte emerge una conciencia dolorida. Ese desconcierto es el espíritu de nuestro tiempo, la ausencia de seguridad, la pérdida de los horizontes utópicos en favor de los distópicos, el tiempo de la posverdad que no es más que otra mentira. Y en ese campo yermo clavamos el arado ciertos escritores, quien sabe si guiados por Lorca cuando afirmaba, a propósito del cante Jondo, que todo lo negro tiene duende. ¿Cómo podemos interpretar el duende en la literatura? Del mismo modo que hace el poeta, escuchando sin prejuicio esa voz milenaria que habita en nosotros, el dolor que se clava en el limo de la vida, esa necesidad de ser a pesar de la muerte y el sufrimiento. Como un gigante que dobla la rodilla pero que se niega a desplomarse.

A fin de cuentas, el escritor no inventa nada. O sería más propio decir que este escritor no inventa nada. Solo interpreto con todos los sentidos ese canto que todos ignoramos pero que, en el fondo, todos conocemos. Algo de Eros y algo de Tanatos, mezcla de Tierra y grito, dioses y monstruos. El mismo sombrío genio del que hablaba Pastora Pavón.

Contra los atavismos fuertemente arraigados en el imaginario común solo cabe esa honestidad del desbrozador, a riesgo de perderse en laberintos o herirse con las púas que rodean y hacen impenetrable toda verdad humana. Abandonamos los titubeos poco a poco y nos lanzamos en ese avispero con paso firme, sabiendo como sabemos que nadie sabe exactamente cómo explicar lo que somos y lo que nos pasa, guiados por meras intuiciones, buscando palabras para lo que todos sentimos y solo unos pocos alcanzan a expresar con maestría. ¿Qué suerte de sabiduría se puede alcanzar a través del Arte y, particularmente, de la literatura? Poca, casi ninguna, porque la literatura no puede salvarnos de nada. Y sin embargo, hace llevadero casi todo. El Arte nos enseña a aprender y a escuchar, del mismo modo que existe un tipo de literatura que no juega, sino que es un chorro de sangre y que se convierte en flujo constante que une pasado, presente, y futuro.

Vivirá y crecerá el género a condición de que huya de lo anecdótico, de que el relato desfije su aspecto inmutable, de no convertirse en mero ejercicio retórico de estilismo. Y para lograrlo no hay que huir de la tradición ni negar lo pasado, sino absorberlo y asimilarlo, pues de lo viejo parte lo nuevo y la posibilidad de descubrir inesperadas perspectivas narrativas y argumentales.

A quien considera el género con simpleza cabría recordarle, o advertirle, que escribir una novela negra no consiste en construir a través de una fórmula aséptica, de laboratorio, una trama, un argumento y unos personajes. La literatura acaba siendo como el duende en el cante: un fluir natural de la intuición a lo concreto, un conjunto armónico donde todos los elementos están ya en el creador de forma latente. La literatura como sinergia de sentido y realidad, la palabra escrita para aprender, escuchar, matizar, potenciar. El imaginario esplendoroso de la palabra en el bosque, como diría Ana María Matute.

Cuando digo que no soy escritor de género es porque no busco, encuentro. No invento, desvelo. En el afán de trasladarme a realidades complejas tropiezo, caigo, me levanto y vuelvo a empezar. Y es a otros, a quienes nos leen, a los que corresponde interpretar. Y si tenemos éxito, lo que quedará será esa montaña de silencio que nadie necesita explicar, como cuando se calla la voz y el escenario queda vacío.

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