Escribo esto con la noticia, todavía escociendo en mis pupilas, del asesinato del escritor jordano Nahed Jattar. Nahed estaba acusado por la “Justicia” jordana de atentar contra la religión musulmana por compartir en su perfil de una red social una caricatura ofensiva que se burlaba del supuesto Paraíso al que aspiran los asesinos del Dash. El Tribunal consideraba que la imagen que se ofrecía de Alá en dicha caricatura hería la sensibilidad de los creyentes y que Nahed era culpable de difundirla. El día que debía comparecer ante el juzgado, un desconocido se acercó y le descerrajó dos disparos de bala. Dicho pistolero es un predicador islámico. Jattar era de familia cristiana.

Todos conocemos los hechos ocurridos en París a cuenta, y a cuento, de las caricaturas de CH. Hebdo y entonces el mundo occidental se levantó con justificada indignación. Pero pero desde hace ya mucho tiempo en Oriente Medio y en otras partes del mundo son asesinados escritores, periodistas, cineastas o libre pensadores por el simple hecho de alzar la voz, a veces no por ir en contra de un sistema o con voluntad de atacar a un Gobierno determinado, sino por el derecho a ejercer la libertad de pensamiento y expresión. Para muchos de nosotros, escritores en una sociedad democrática, y pesar de las trabas o mordazas que podamos tener que afrontar, escribir, expresar disidencia, no es un ejercicio que ponga en riesgo nuestra vida, nuestra integridad física o la seguridad de nuestras familias. Podemos manifestar aquello que creamos y deberemos afrontar a veces el escarnio, el desprecio, la ignorancia o la desfachatez, incluso podremos arriesgarnos al acoso, al miedo auto impuesto, a las estrategias de lo conveniente, a la mentira y a la difamación. Pero nadie vendrá a la puerta de casa a quitarnos la vida.

Para personas como Nahed, para todos los Jattar de este mundo, escribir es un compromiso que va más allá de lo conveniente, del rebelde confortable, del levantador de castillos y del intelectual que se ejercita a resguardo del peligro. Es un compromiso con su verdad, su derecho a expresarse, a no estar de acuerdo. Lo grave no es solo su muerte; lo grave es que haya países del mundo donde decir lo que se piensa, solidarizarse con una idea, sea considerado un delito. Que se incite a los perros ahítos de morder contra una presa molesta.

A menudo caemos en el formalismo, lo convencional, el solipismo de una literatura que es inocua porque solo pretende entretener, que se ampara en lo políticamente correcto y que incluso en la fingida rebeldía es acomodaticia porque nunca se va más allá del límite de ruptura. Pero si la literatura es en verdad un camino hacia la condición humana, entonces necesariamente entrará en el resbaladizo terreno de lo incómodo, de lo imprudente, porque toda verdad se encuentra de manera abrupta antes de amansarse. El peligro, el verdadero peligro que corremos, es convertir el arte en un colchón confortable para evadirnos o fingirnos. Si el arte, y con él la literatura, se domestica, si no dice lo que quiere decir y se conforma con menos, entonces no cumplimos nuestra misión. Y nuestra misión no es ser mártires, ni tener todas las verdades, ni siquiera estar en lo cierto. Nuestra misión es la incomodidad, el cuestionamiento perpetuo, el espejo donde todos podamos mirarnos. Cada cuál a su manera, con sus argumentos. Pero nunca resignados a ser placebo.

Personas como Nahed Jattar no merecen menos.

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