El asombro frente a la la vida provoca en nosotros la emoción que produce lo desconocido. La curiosidad alienta a los descubridores, crea la magia, la esperanza que se trasluce en las emociones, los afectos. Hay quien ve en el libro un producto cultural, quien lo identifica como un simple producto comercial, o quien le arroga un papel meramente lúdico. Asumiendo que un libro es todo esto, ya que se identifica a través de él el entramado socio cultural de una sociedad, que alimenta a la industria editorial en su acepción más amplia y que tiene como parte de su función el entretenimiento, es al mismo tiempo, y por encima de esas características, mucho más: un libro escrito desde la honestidad de su propuesta es emoción y experiencia, es vivencia hecha palabra, es cuestionamiento, duda, reflexión, ensoñación, oportunidad y silencio. El libro, la palabra escrita, la literatura, forma parte de los sentimientos del ser humano, es un tibio reflejo de su asombro, de su alegría, de su miedo, frente a sí mismo, frente a los otros. Ante el Mundo. Un libro sigue siendo una voz que de forma vehemente desea trascender la apariencia de la vida. Comprender. Compartir. Un gesto de rebeldía ante lo inevitable y lo previsible.

Tal vez sea por eso que la Literatura vive en permanente zozobra, que es manipulada por los diferentes poderes que bien prueban de controlarla o de denostarla a través de la banalidad, de la falta de respeto a quien se dedica a ella o simplemente relegándola al papel que señalaba al principio, desproveyéndola de su elemento más “nocivo” para los valores impuestos: la reflexión, el cuestionamiento de las verdades establecidas. Y es precisamente por ello que el libro, la literatura debería estar integrada en el ADN de ciudadanos que merezcan llamarse a sí mismos seres libres. Y ese trabajo, esa semilla debería estar ya en el mundo escolar. Sin pensamiento libre no puede haber ciudadanos libres.

Corren tiempos pragmáticos, elusivos, donde aquello que no obtiene un resultado -beneficio- inmediato es desechado con la arrogancia propia de la ignorancia. Se ha impuesto la visión del Hombre explicado a través de su conducta, lo que hace y de su conocimiento, lo que aprende -que no significa lo que sabe- en vistas a crear hombres y mujeres que son una especie de engranaje mecánico, donde se valora lo racional y la habilidad práctica. Pero se deja fuera de esa visión algo tan importante como la emoción, aquello que no se explica a través de la conducta o la capacidad cognitiva. Es muy recomendable leer el trabajo sobre la inteligencia emocional de Daniel Goleman para entender lo importante que es la visión emocional del mundo que nos rodea y de nosotros mismos. La emoción, entendida como palanca de motivación es el motor que cambia el mundo, que nos cambia a nosotros. Un ser humano no es nada sin entusiasmo, sin autodisciplina, sin compasión o altruismo. Un hombre no es nada si no se cuestiona su propia naturaleza más allá de su utilidad.

Ya sumo muchos kilómetros, ciudades, encuentros, presentaciones, entrevistas, y en muchos lugares alguien me ha contado una historia personal, me ha confesado haberse emocionado con algo que yo he escrito, me ha rebatido, me ha afirmado. Y yo no me canso, porque el viaje no es acumulación, es absorción, es experimentar la excepcionalidad de cada encuentro, tanto da en Cádiz, en Oviedo, en Santander, en Lyon o en Melburne. Pero lo verdaderamente extraordinario llega cuando soy yo, el escritor -que nunca deja de ser hombre y duda- se encuentra de cara con que son los lectores los que le hacen sentir esa emoción, los que le dan un golpe a la linea de flotación de sus convicciones para que no se adocene, para que no caiga en la tentación de situarse en esa posición de bisagra donde el viento siempre soplará de cara. Esa inyección rejuvenecedora, brutalmente viva, me ha llegado de un proyecto puesto en marcha por unas profesoras del Liceo D’Arc en la pequeña ciudad de Orange (Francia).

El proyecto parecía simple: a través de una novela mía con la que los alumnos han trabajado durante un año, promover la práctica de la lengua castellana, incitarles a leer, a sacar sus propias conclusiones de la lectura y a hacer una interpretación libre de ella que debían plasmar en un texto o bien en soporte visual (vídeo). Se otorgaría un premio con mi nombre y yo me comprometía a formar parte del jurado y a entregar los trofeos (piedra viva de la región con una gota, obra de un talleur excepcional, Jean Pierre) Todo bien, todo correcto. Uno está preparado para todo, hasta que se descubre leyendo esos textos, viendo esos videos y siente que la emoción le ahoga, asombrado al ver cuántas puertas se han abierto. Ellos hablándome a mí, enseñándome lo que es ser adolescente y tener miedo pero valor, indignación pero confianza, rabia pero alegría. Presente, futuro, enfermedad y promesa de lucha.

Puedo decir sin miedo ni vergüenza que estos chicos me han devuelto con creces lo que yo les haya podido dar. Que en ellos un libro es una bandera contra la resignación. Y que al marchar de Orange me he prometido que nunca me rendiré, que nunca cejaré en este empeño, que jamás sucumbiré al pesimismo. Si ellos pueden y quieren ir hacia el futuro, yo estaré ahí para acompañarles, para aprender con ellos y de ellos. Y los libros serán siempre nuestro puente.

Share