Han pasado ya algunos años (no tantos como mi memoria finge) de aquel tórrido día de finales de verano en la explanada de El Valle de los Caídos. Recuerdo el calor aplastante de la sierra madrileña. Fumaba un cigarrillo que me sabía mal y me sentía cansado. Andaba entonces enfrascado en la escritura de Un millón de gotas y un buen amigo me propuso un encuentro con uno de los monjes de la Abadía de la Santa Cruz; además insistió en que debía recorrer con calma la basílica y los alrededores de Cuelgamuros. Le hice caso pero el monje que accedió a hablar conmigo (con la idea preconcebida de vérselas con un ex seminarista, supongo) se mostró poco receptivo. Apenas pudo, supo o quiso responder a mis preguntas más allá de los lugares comunes. Fue amable, y también condescendiente: “Ustedes, los escritores, siempre están mirando al pasado”. Pensé que pese a ser tan educado y de modos tan graves aquel monje era demasiado joven para darme lecciones y a partir de ahí el encuentro se torció sin remedio. Apuramos el pitillo hablando de Ávalos y de las esculturas de los apóstoles y nos despedimos con un apretón de manos más bien frío. Me dije a mi mismo que aquella excursión había sido una pérdida de tiempo pero ya que estaba allí decidí dar un paseo por los alrededores y alejarme de la basílica. Estaba enfadado y triste. Hasta que vi la explanada desde arriba, el cerro de la Cruz y algo se activó en mi mente. Me senté entre las piedras y empecé a escribir.

De aquella conversación frustrante nacería Por encima de la lluvia y con el paso de los años y de las novelas (aún habría de llegar otra antes) el Valle de los Caídos y su génesis se convertirían en una obsesión nunca resuelta del todo: Un alter ego, Miguel, llega al Valle en busca de respuestas y se encuentra con un monje benedictino que solo le ofrece el falso alivio del olvido. A partir de ahí Miguel se cuestiona el valor de la memoria individual y colectiva y cuál es el valor de los símbolos. ¿Cómo se construyó la basílica? ¿Quién la construyó? ¿Con qué finalidad? Y sobre todo ¿Qué simboliza hoy el silencio de los que allí yacen? Nadie, casi nadie, ha querido preguntarme o abordar a fondo esos pasajes del libro que para mí son trascendentales. Me he preguntado a menudo por qué. Tal vez porque la existencia física (y también moral) de El Valle de los Caídos es incómoda incluso en la ficción y porque se percibe que puede abocar a una discusión tan amarga como estéril en la que es mejor no meterse. A fin de cuentas, ese valle desmiente el relato que nos hemos regalado acerca de nuestro pasado reciente y de nuestra reconciliación.Al observar desde la altura el Valle de los Caídos, este se asemeja a un dinosaurio petrificado con el que nadie sabe muy bien qué hacer. Es la evidencia incómoda para unos, doliente para otros de un pasado que nos persigue y nos plantea cuestiones sin resolver como si esa herida en la piedra lo fuera en nuestra memoria colectiva. Durante años pensamos que se moriría sola, de olvido, hasta convertirse en una ruina como tantas otras, sin nada que contar.

Hay algo que aquel monje no supo entender o que yo no supe exponer con claridad. La memoria no es una forma de venganza. Los hechos están ahí, se nieguen o no, se reinterpreten o se utilicen a gusto de cada cuál. Mis preguntas no pretendían juzgar a nadie, pretendían acercarse con honestidad a algo parecido a la verdad. Conocer, comprender y asimilar sin renuncias; sin esa clase de memoria no hay posible entendimiento; el relato y el símbolo se adueñan de los hechos, ocupan su lugar y desvirtúan la verdad y sus consecuencias. La memoria no está alimentada por la nostalgia o la melancolía. Lo que la mantiene viva es la imperiosa necesidad de justicia que acompaña a todo ser humano. Por la misma razón, paradójicamente, creo que también se equivocan los que creen que el Valle debe ser demolido por su significado. Los símbolos no ignoran ni son inocentes, desde luego. Están ahí como un recordatorio funesto, como una época oscura y terrible. Y también como una advertencia del vencedor. No hay ninguna clase de reconciliación en la magnificencia de esas esculturas, en las tumbas con flores de Jose Antonio y Franco, en las velas que titilan bajo los crucifijos y la simbología guerrera. Solo el designio de grandeza erigido por los Vencedores sobre la humillación y el sufrimiento de los vencidos…

Y sin embargo ¿Qué conseguiría una excavadora? ¿Sanear, refrescar, dejar respirar acaso esta parte de la naturaleza violentada por el hombre? ¿Qué pasaría luego con toda la verdad que seguiría clamando bajo los escombros? La verdad es que El Valle de los Caídos nunca desaparecerá. Porque su significado no tiene que ver con la ley, ni con la Historia, ni con las banderas o las patrias grandes o chicas y mucho menos con los debates políticos que cíclicamente abordan el tema bajo el prisma ideológico y del cálculo electoral. La verdad de El Valle de los Caídos está en los muertos y en las historias que cuentan. Historias de pueblos y deseos, de padres, de hijos, esposos, abuelos, hermanos, tíos que un día vieron su destino truncado. Esas vidas perdidas enterradas en columbarios anónimos demandan justicia, he dicho más arriba. Una justicia que tiene que ver con el silencio teñido de olvido del que sus familiares pretenden rescatarles.

Podemos seguir mintiéndonos, acusándonos, escupiéndonos, perpetuar la lógica de la victima y el verdugo…O podemos escuchar esas miles de historias silenciosas y atrevernos a mirarnos en esas piedras y aceptar que fuimos aquello y que no queremos volver a serlo. Podemos llevar allí a nuestros hijos y nietos y pedirles que pisen la Historia con sus pies y la toquen con sus manos, que respiren ese olor, que escuchen lo que el silencio les cuenta y que nunca, jamás, lo olviden.

Yo he visto cuarteles militares convertidos en universidades, he visto iglesias convertidas en bibliotecas y una abadía transformada en un foro de intercambios europeos. ¿No podemos convertir a ese dinosaurio en el centro de nuestra negativa a olvidar?

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